La debacle educativa

 

 

Hace unos días vi los resultados de la prueba PISA, la cual evalúa los resultados de los estudiantes de diversos países en exámenes sobre lectura, matemáticas y ciencias. En el caso de la lectura Chile figura en el primer lugar de Latinoamérica, lo cual podría parecer auspicioso – a pesar de que a nivel mundial figura en el puesto 43° de un total de 79 países –, pero siendo consciente de la situación de mi país, creo que aquel resultado se debe principalmente al afán de los estudiantes por “cumplir” y aprobar. Muchos compañeros leían resúmenes en vez de leer las obras completas. No percibo que exista un gran interés por la literatura aquí.

Todo lo anterior hace surgir las interrogantes sobre la situación educativa de América Latina, sobre cómo se ha fallado en despertar la pasión por la literatura en los alumnos y sobre las nefastas consecuencias que esto puede tener. Ciertamente no todos poseen predisposición a apreciar este arte, y eso no está mal, pero el sistema educativo no hace muchos méritos para entusiasmar a los alumnos.


Entre aspectos que se podrían criticar figuran la falta de variedad en el plan lector. Sería conveniente que el plan lector involucre obras de géneros ampliamente ignorados como la fantasía y la ciencia ficción. De esta forma es más probable que se plante la semilla en una mayor cantidad de alumnos.  En segundo lugar, sería conveniente que exista una progresión. Considero que es idóneo comenzar con obras de diversos géneros, y luego de esto; cuando los alumnos ya hayan pulido más su habilidad de comprensión lectora, sería conveniente dar lugar a los clásicos, pero que estos sean analizados a cabalidad. Si bien considero que mi profesor de Lenguaje era muy bueno, este no se tomó el tiempo de deconstruir Don Quijote y explicar todo el significado que hay tras este. En consecuencia,  a algunos compañeros les pareció un libro soporífero e incluso ridículo; ya que no dimensionaban el mensaje que quiso comunicar el autor. Claro, puede parecer ingenuo esperar que los alumnos entiendan a la perfección el platonismo a esa edad, y la posible influencia de la cábala y el hinduismo en dicha obra; pero clásicos como este requieren de tiempo y dedicación para ser debidamente interpretados y comprendidos y el tiempo empleado es la aula no es suficiente. Esto es evidencia de las escasas habilidades de pensamiento crítico en la generación actual, la cual sin cuestionar el significado detrás de los convencionalismos sociales y de la naturaleza del sistema, sin vacilar se lanza como abanderada de ideologías que no son más que mera adoctrinación e ingeniería social. 


Quizá para algún postmodernista pecaré de moralista en el siguiente punto, pero al igual que Tolstói no es posible para mí ignorar el aporte moral de la literatura. Esto se debe a que ciertas obras literarias plantean interrogantes fundamentales sobre la naturaleza humana, interrogantes que tal vez muchas personas nunca se hubiesen planteado a sí mismas de no haber leído. Asimismo, las letras a menudo despiertan lo mejor de nosotros mismos. Joseph Brodsky, el poeta ruso galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1987, afirmó que la estética es la madre de la ética, y que las categorías de “bueno” y “malo” son, en esencia, categorías estéticas. En su ensayo “Del dolor y la razón”, él expresa lo siguiente:


Pues un hombre que tiene gusto, especialmente gusto literario, es menos sensible a las cantilenas y los rítmicos conjuros de la demagogia política. Pero no se trata tanto de que la virtud no constituya una garantía para crear una obra maestra, como de que el mal, especialmente el mal de carácter político, implica siempre mal estilo. Cuanto más rica sea la experiencia estética de una persona, más sólido será su gusto, más agudo su enfoque moral, y más libre (aunque no necesariamente más feliz) podrá ser él. Es precisamente en este sentido práctico –más que platónico – como cabe entender la afirmación de Dostoievski de que la belleza salvará el mundo, o la creencia de Matthew Arnold de que la poesía nos salvará. Probablemente sea ya tarde para el mundo, pero siempre queda una oportunidad para el individuo. El instinto estético se despierta con bastante rapidez en el ser humano, pues, sin tan siquiera tener plena conciencia de quién es y qué necesita, una persona sabe instintivamente lo que no le gusta y lo que no le conviene. Desde un punto de vista antropológico, permítanme que lo repita, un ser humano es una criatura estética antes que ética. Por lo tanto, no se trata de que el arte, en concreto la literatura, sea el fruto de la evolución de la especie, sino justamente a la inversa. Si lo que nos distingue de otros seres del mundo animal es el habla, la literatura –y en concreto la poesía, la forma más alta de elocución– constituye, dicho sea sin ambages, el objetivo de la especie.



El soma, la recordada droga que suprime el dolor en Un Mundo Feliz, parece también manifestarse en la literatura light. Aquellas historias insípidas que solo fueron creadas para vender y que no son capaces de conmover realmente al lector ni de penetrar en los recovecos de su alma; y para qué hablar de tantos panfletos que en vez de considerarse literatura deberían ser llamados propaganda.  Como experiencia personal, puedo testificar que aquellas obras que despiertan el arquetipo del “Inocente” guardan un lugar especial en mi corazón y creo que deberían ser valoradas porque permiten reconectar con el optimismo y pureza de aquella etapa – sin irse al exceso de tornarse en un puer aeternus –. Esta activación, casi alquímica, de aquellas imágenes primordiales, es algo que nos puede permitir ser seres humanos más íntegros, seres que no suprimen o vilipendian ciertas facetas de su psique. 


 Tal como se pone de manifiesto en el ensayo mencionado previamente, no se trata solamente de estar en contacto con la belleza porque esta nos sume en un estado de quietud – y de por sí ya es meritorio alcanzar aquel estado en la sociedad del cansancio –, sino porque el arte nos puede hacer más “humanos”. Es indudable que los grandes escritores nos permiten entender mejor el amor y la compasión, cosas que sin lugar a dudas serían un bálsamo para la congoja del mundo. Autores como Ayn Rand, quien aborrecía la compasión, – y a quien de seguro le complacería ver el conflicto armado que se está librando actualmente – y cuya filosofía de aves rapaces representa el modus vivendi de la elite; son populares debido a que la ideología ha suplantado el puesto que otrora le pertenecía a la alta literatura. 


En otro pasaje de su ensayo, Brodsky expresa lo siguiente:


Solo diré que tengo la certeza –no empírica, ¡ay!, solo teórica– de que, para alguien familiarizado con la obra de Dickens, matar en nombre de una idea resulta un poco más problemático que para quien no ha leído nunca a Dickens. Y hablo precisamente de leer a Dickens, Sterne, Stendhal, Dostoievski, Flaubert, Balzac, Melville [...]; es decir, hablo de literatura, no de alfabetismo o educación. Una persona cultivada, tras leer algún tratado o folleto político, puede ser sin duda capaz de matar a un semejante y sentir incluso un rapto de convicción. Lenin era una persona culta, Stalin era una persona culta [...] y Mao Zedong incluso escribía poesía. Sin embargo, el rasgo que todos estos hombres tenían en común consistía en que su lista de sentenciados a muerte era más larga que su lista de lecturas.



Concluyo recalcando que es menester una profunda transformación del sistema educativo para que la literatura no sea considerada tediosa y prescindible, y se considere como algo fundamental en la vida, tal como lo son otras nobles profesiones, disciplinas y áreas del saber como la medicina o el derecho. Además, esta metamorfosis permitiría que el poder de las ideas no se concentre solo en manos de la elite, o que al menos las masas sean conscientes de quienes los dominan ¿Qué ideas prevalecerán? Es algo que depende de nosotros.

 

 

Cristian Peralta Ulloa 

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