Lux Aeterna
Tanto al contemplar el cielo estrellado, como al ver un río en movimiento, son momentos que me embargan de paz y serenidad. Recuerdo que una noche, en el campo, en el cielo las estrellas estaban agrupadas de forma peculiar. Mi tío las señaló y dijo que aquel conjunto de estrellas se llama el “Río Jordán”. Sin lugar a dudas es un nombre muy apropiado para describir semejante belleza. Cabe mencionar que también es un nombre idóneo ya que así como el Río Jordán marcó el inicio de la vida pública de Jesús, el río de estrellas me hizo sentir renovado. Al ser testigo de estos espectáculos de la naturaleza puedo comprender porqué R.L. Stevenson afirmó que Thoreau era un epicúreo noble. Los trascendentalistas como Thoreau y Emerson dejaban que sus sentidos se deleiten con la naturaleza, motivo por el cual sus críticos decían que consideraban que su visón del hombre ideal no era más que un mero animal de dos patas. Otrora habría considerado todo tipo de epicureísmo como una filosofía que avala los excesos. Sin embargo, gracias a estos pensadores tengo una visión más favorable de cómo la “embriaguez” puede contribuir al cultivo de una rica vida interior, vida interior que es difícil cultivar en medio de las junglas de concreto.
A lo largo de la historia el firmamento ha intrigado al ser humano, quien se ha dedicado a estudiarlo e incluso a creer que los astros de la bóveda celeste influyen en nuestro destino. En sus Meditaciones Marco Aurelio escribió “Enfócate en la belleza de la vida. Contempla las estrellas y observáte a ti mismo corriendo junto a ellas”. Ciertamente en ese tipo de momentos el ballet estelar, con los bellos patrones que forman, son el portal a un mundo ultraterreno de esplendor.
De acuerdo a mi opinión esta fascinación por las estrellas se debe a que nuestra psique, desde de la prehistoria, asocia la luz con otro mundo, con un destello que anuncia la liberación. Por este motivo las ceremonias religiosas y los rituales eran celebrados a la luz del día, o en su defecto, durante la noche con un fuego abrasador y una decoración resplandeciente. Esto marcaba un claro contraste con o macilento u opaco del mundo terrenal. En “Cielo e Infierno”, un ensayo de Aldous Huxley, él alude a lo mencionado previamente:
“[...] pero delante de cada par de ojos estaban únicamente la oscura escualidez de la choza familiar, el polvo o el barro de la calle de aldea, los blancos sucios, los pardos y los castaños verdosos de los harapos. Tal es la razón de la frenética y casi desesperada sed de colores brillantes y puros y tal es también la razón del enorme efecto que causaban estos colores cada vez que se desplegaban en la iglesia o en la corte. Hoy, la industria química produce pinturas, tintas y tintes de variedad infinita en enormes cantidades. En nuestro mundo moderno hay color brillante suficiente para garantizar la producción de miles de millones de banderas e historietas, de millones de luces de circulación y de posición, de cientos de miles de bombas de incendio y recipientes de Coca-Cola, de alfombras, papeles pintados y arte no representativo por kilómetros cuadrados. La familiaridad engendra la indiferencia. Hemos visto demasiado color puro y brillante en los almacenes Woolworth para que nos resulte intrínsecamente arrobador”.
Debido a la omnipresencia y la velocidad con que se mueve todo en la actualidad es sumamente difícil hacer una pausa y abandonarse ante la belleza que nos rodea. No es holgazanería ni mero capricho. En realidad tras haber leído aquel ensayo de Huxley es que la frase de Dostoyevski “la belleza salvará al mundo” tiene mucho más sentido para mí de lo que tenía antes. La quietud de esos momentos de contemplación es lo que nos permite alcanzar la “recta visión” del Noble Camino Óctuple del budismo. Al alcanzar esta recta visión nos desprendemos del velo de la ignorancia y podemos reconocer claramente el sufrimiento, su origen y su extinción. Se abre paso así a otro componente del Noble Camino Óctuple, el cual es la “recta intención”, que en estricto rigor consiste en una renuncia a la vida mundana y en la resolución de optar por una vida ascética. Por desgracia, las multitudes tienen una casi completa indiferencia o incluso desprecio hacia las verdades fundamentales de la vida y vive futilmente tratando de atrapar el viento, tal como expresó el sabio Qohelet en el Libro del Eclesiastés. Por lo tanto, es acertado afirmar que en el ámbito espiritual vamos a la deriva, cojeando a través de la niebla del Kali Yuga, la era oscura en que el ser humano es gobernado por impíos y necios que lo mantienen perpetuamente en su ceguera.
Este tortuoso sendero nos hace anhelar una liberación en todo su esplendor. Un claro ejemplo en que la luz gloriosa y reveladora es protagonista sería la visión que Juan plasmó en el Libro del Apocalipsis sobre la nueva Jerusalén, una ciudad cuya blanca luz es casi enceguecedora, mismo fenónemo que se aprecia también en diversas revelaciones divinas al ser humano, en que este entra en contacto con realidades alternas.
“He hablado hasta ahora únicamente de los materiales que inducen a la visión y de su desvalorización psicológica a causa de la tecnología moderna. Es hora de que consideremos los medios puramente artísticos de crear obras inductoras de visiones. La luz y el color tienden a crear una cualidad preternatural cuando son vistos en la oscuridad del contorno. La Crucifixión de Fra Angélico, en el Louvre, tiene un fondo negro [...] Tal es el motivo de que estas obras extraordinarias tengan su intensidad visionaria, su extraño poder arrobador. En una contextura artística y psicológica totalmente distinta, Goya utilizó frecuentemente el mismo recurso en sus aguafuertes. Esos hombres voladores, ese caballo en la cuerda tensa y esa enorme y fantasmal encarnación del Miedo se destacan, como inundados de luz, sobre un fondo de noche impenetrable [...] De cuando en cuando, sin embargo, estos mensajes del Otro Mundo son transmitidos por medio de un asunto tomado, no de la vida real o de la historia, sino del reino de los símbolos arquetípicos. Hay en el Louvre una Méditation du Philosophe cuyo tema simbólico es ni más ni menos que la mente humana, con sus preñadas oscuridades, sus momentos de iluminación intelectual y visionaria, sus misteriosas escaleras de caracol que suben y bajan hacia lo desconocido. El filósofo meditabundo está sentado en su isla de iluminación interior y, en el extremo opuesto de la simbólica habitación, en otra isla, más rosada, una vieja está acurrucada delante del fuego. Las llamas iluminan y transfiguran su rostro y vemos, constantemente ilustradas, la paradoja imposible y la suprema verdad: que la percepción es (o por lo menos puede ser, debería ser) lo mismo que la Revelación, que la Realidad brilla en toda apariencia, que lo Uno está total e infinitamente presente en todas las particularidades.”
La profunda quietud del pensador en aquella pintura es la que también se puede apreciar, según Huxley, en un sinfín de estatuas de personajes religiosos como la Virgen María en los mosaicos bizantinos, los Bodhisattvas de China y los Budas de Khmer. Semejante quietud es capaz de transportar al espectador desde el Viejo Mundo a las antípodas de la psique.
Finalizo citando a Emerson, que en su ensayo “Nature”, describe cómo el firmamento nos maravilla al ser una ventana a lo celestial:
“Pero si un hombre va a estar solo, dejad que contemple las estrellas. Los rayos que vienen del mundo celestial, lo separarán a él de lo que toca. Uno podría pensar que la atmósfera tiene este diseño para dar como regalo al hombre, en los cuerpos celestes, la perpetua presencia de la sublime. Vistas en las calles de las ciudades, ¡qué grandes son! ¡Si las estrellas fuesen a aparecer una noche en mil años, cómo creería y adoraría el hombre; y cómo preservaría por muchas generaciones el recuerdo de la ciudad de Dios que les ha sido mostrada! No obstante, cada noche aparecen esas bellas enviadas que iluminan el universo con su sonrisa amonestadora”.
Cristian Peralta Ulloa

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